Pol Morales

masterchefEs extraño que un programa de éxito internacional como ‘Masterchef’ haya tardado tanto tiempo en aterrizar en nuestro país, y más cuando hace cuatro días Antena 3 y Telecinco se peleaban, en cambio, por un formato con un triunfo tan reciente y efímero como el de los saltos en trampolín de famosos. En todo caso, sólo hay un motivo que explica la apuesta de la televisión pública por este espectacular espacio de cocina y ese motivo tiene un nombre y apellido: Alberto Chicote.

 

Es evidente que sin las inesperadas audiencias que cosechó ‘Pesadilla en la cocina’, pocas cadenas generalistas se hubieran planteado adaptar un formato culinario para el ‘prime time’. Sin embargo, vistos los tímidos resultados que obtuvo anoche el estreno de ‘Masterchef’ (un 11% de ‘share’), parece que el éxito del programa de La Sexta se explica más por la figura del implacable cocinero que por un repentino interés de la audiencia española en los espacios culinarios. Aún así, sorprende que un formato con todos los ingredientes necesarios para atrapar al espectador haya obtenido una acogida tan tibia por parte del público español.

 

La cocina hecha espectáculo

masterchef concursantesYa intuíamos que esta nueva propuesta nada tenía que ver con los programas diarios de recetas, esos que actúan como potente somnífero en las horas de sobremesa. En ‘Masterchef’ no hay lugar para el sueño. Tanto la mecánica como la realización están pensadas para captar y mantener la atención del público, incluso para dejarle con la boca más abierta que un rodaballo. Porque, para colmo, lo consigue teniendo como principal protagonista a la comida.

 

Es la gran diferencia con ‘Pesadilla en la cocina’, que prefiere enfatizar, dramatizar, exagerar, el conflicto entre fogones que prestar demasiada atención al contenido de los platos. El programa de Chicote probablemente sería mucho más interesante si el cocinero detallara con más detenimiento sus sorprendentes cambios en el menú, porque precisamente lo que demuestra ‘Masterchef’ es que la cocina tiene suficiente entidad como para protagonizar un ‘talent show’.

 

Otra de las bazas del programa la encontramos en una selección de concursantes que logra transmitir ilusión y veracidad. Un repertorio de lo más variopinto, con poco o nada en común salvo la pasión por cocinar. Lástima que un macrocasting de 450 personas en la plaza de Oriente de Madrid, luego reducidas a 40 y finalmente limitadas a 15 impidiera presentar a los aspirantes en todo su contexto. Demasiado contenido, quizá, para una primera entrega.

 

El toque amargo

masterchef juradoLa elección del equipo humano del programa, en cambio, es más discutible. Bajo el influjo de Chicote, ninguno de los integrantes del jurado logra mostrarse con naturalidad, ensalzando todavía más el trabajo de quien descubrió al personaje revelación de la última temporada televisiva. Por alguna razón en Estados Unidos el implacable Gordon Ramsay hace doblete en ‘Pesadilla en la cocina’ y ‘Masterchef’.

 

Y es que las estrellas Michelín no van asociadas con un requisito mucho más importante para el medio audiovisual, la telegenia. Así, mientras Pepe Rodríguez y Samantha de España, más conocida como la hermana de Colate, asumían el impostado rol de tenientes de infantería con más o menos acierto, no ocurría lo mismo con Jordi Cruz, tan desubicado en plató como en el campo de entrenamiento extremeño.

 

Eva González tampoco encuentra su hueco en el programa. Los esfuerzos de la sevillana por disimular su acento y por imitar el espíritu aventurero de Raquel Sánchez-Silva se desmoronan en cuanto asume el papel más activo de entrevistadora, recordando aquellos tiempos en los que algún lumbreras pensó en Judith Mascó como presentadora. Por suerte, tanto en ‘Supermodelo’ como en ‘Masterchef’ (semejantes hasta en el título), el formato vence al maestro de ceremonias. Ahora sólo falta conquistar también a los audímetros.

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