Por qué negarlo. El único morbo de ‘Adán y Eva’ era el de ver a sus concursantes desnudos, literalmente en bolas. Permanecía la incertidumbre sobre cómo mostraría el asunto la productora, si recurriría al pixelamiento de las partes íntimas, pero sin duda menospreciamos una vez más la osadía de Mediaset. Evidentemente que no las difuminaron. Tampoco se recrearon. Ni falta que hacía. A los pocos minutos de programa, lo menos escandaloso era ver a cuatro jóvenes sin ropa. Porque hay más motivos por los que avergonzarse que salir desnudo en televisión.
Lo que nos vendían como un regreso a los orígenes, al amor más puro y verdadero, incluso lo que prometía ser una apología del nudismo, terminó siendo un canto artificioso y desnaturalizado a la idiotez. Con los pelos como escarpias se irían anoche a dormir los defensores del naturismo tras comprobar que los primeros participantes de este fatídico experimento representaban justo lo opuesto a sus ideales: culto al cuerpo (y a la depilación) y nula inquietud por la belleza interior.
En esta versión isleña (y low cost) de ‘Mujeres y hombres y viceversa’ hay lugar para todo menos para el amor. A estas alturas ya nadie espera idilios creíbles en televisión, sobre todo tras los tejemanejes que se viven a diario en el mercado de la carne de Emma García, pero esta última propuesta baja todavía un poco más el escalafón y convierte al género ‘dating show’ en algo más surrealista que la ciencia ficción.
Los responsables del programa ni se han esforzado en dignificar un producto que llega a desgana, por inercia y sin voluntad de riesgo. Si el planteamiento ya es simple, lo es mucho más su desarrollo, que en ningún momento sabe aprovechar el potencial de varias personas conociéndose tal y como vinieron al mundo. Citas cruzadas, encuentros forzados, pruebas risibles. La mecánica del programa parece lo único improvisado en un espacio que tira por la borda todo tipo de espontaneidad.
Si como espectadores ya tenemos asumida la necesaria presencia de un guión en programas como ‘Quién quiere casarse con mi hijo’, ‘Granjero busca esposa’ y demás, en esta ocasión la creación de arquetipos se le ha ido de las manos a sus creadores. Sólo así se entiende un grupo de sujetos tan rematadamente ineptos, con conversaciones tan fingidas y un atractivo tan escaso hasta para la audiencia menos exigente. La educación española no puede haber hecho tanto daño.
En todo caso, uno se pregunta por qué ‘Adán y Eva’ no aprovecha mejor las posibilidades del formato. ¿Por qué ceñirse a una sola pareja por programa cuando un numeroso grupo de concursantes desnudos podría dar mucho más juego? ¿Por qué renunciar tan pronto a un personaje tan jugoso (el único por el momento) como la maña Sonia? ¿Por qué no un participante con pelo, aunque sea en las axilas?
Demasiadas preguntas sin respuesta pero que vaticinan un futuro poco esperanzador para el programa. Resuelto el morbo inicial, que se ha saldado con un exitoso 15% de share, falta por saber qué más puede ofrecernos ‘Adán y Eva’ que no hayamos visto ya en la primera emisión. Porque de momento lo único que nos ha enseñado este formato es que no hay nada malo en desfilar en pelota picada por televisión. Lo bochornoso no es andar despojado de ropa sino de neuronas.
