Pol Morales
Nacemos sin ideología. Con esa consigna daba comienzo Ana Pastor a su flamante desembarco en La Sexta después del cese en Los desayunos de La 1. Es una máxima que la presentadora no se ha cansado de repetir desde que se diera a conocer su esperado regreso a la televisión, empeñada quizá en que nadie pueda etiquetarla de partidista. No somos una tertulia política. Aquí no hacemos opinión. Nosotros aportamos los datos, ustedes sacan sus conclusiones. Demasiados esfuerzos para justificar la objetividad que da nombre al programa y que, francamente, muy pocos espectadores le valorarán.
Los seguidores de Pastor es probable que no echaran en falta la imparcialidad en una profesional que ya ha demostrado no distinguir entre colores políticos a la hora de repartir leña. Sus detractores, en cambio, siempre dudarán de sus verdaderas intenciones, sobre todo ahora que está ubicada en una cadena abiertamente de izquierdas. Así que, de entrada, el ejercicio de buscar esa quimera de la objetividad, prácticamente inalcanzable en el ámbito periodístico, parece un abordaje innecesario y erróneo. De Ana Pastor esperábamos algo más que un retorno a la quintaesencia del periodismo, una neutralidad que debería ser material de trabajo en los informativos, no en un programa de autor.
Porque de un espacio que lleva la firma de la propia presentadora ansiábamos algo más que una brillante conducción y el manejo futurista de un ipad gigante al más puro estilo ‘Minority report’. Sentada al borde de la silla, deseábamos reencontrarnos con el periodismo ágil y mordiente de Ana Pastor, ese que sabía imprimir a todas sus entrevistas políticas y que en ‘El objetivo’ ha quedado deslucido, reducido a una mera retahíla de cuestiones a resolver por un plantel de expertos.
Se agradece la voluntad de introducir en nuestro país el periodismo de datos, género hasta ahora desconocido y que en canales de prestigio como la CNN llevan tiempo desarrollando. Pero quizá Pastor no ha tenido en cuenta que el público de ‘prime time’ de una cadena generalista, aunque sea el de La Sexta, y concretamente el de Jordi Évole, no es igual que el consumidor de un canal de noticias, más acostumbrado al ritmo ágil de los titulares.
Agilidad, desde luego, no le faltó a ‘El objetivo’, que deambuló con velocidad de vértigo de un tema a otro, de las leyes de transparencia internacionales a los ERE en Andalucía, pasando por las recetas de bonanza económica de los mandatos de Aznar. Con todas estas cuestiones, planteadas de forma dispersa y sin más nexo en común que una actualidad sacada de contexto, fueron jugando Pastor y sus expertos al juego de verdad o mentira. De la gran cantidad de datos vertidos, sin prácticamente tiempo para procesarlos, quizá lo único que anoche sacamos en claro es que los políticos mienten más que hablan. Algo que ya sabíamos.
Las intenciones de regresar a la esencia del periodismo son muy loables pero quizá no lo sea tanto ubicar un formato de estas características en la misma franja de ‘Salvados’. El programa de Évole no sólo cumple con los criterios mínimos de objetividad (contrasta diversas fuentes) sino que logra que un mensaje, uno, claro y simple, llegue al espectador con un tratamiento en profundidad y un envoltorio atrayente. Claro que el Salvados de ahora poco tiene que ver con el del principio. Esperemos que a El objetivo le ocurra lo mismo. La semana que viene Ana Pastor ya tendrá ocasión de demostrarlo con la entrevista al ministro de Guindos. Aguardamos ansiosos a El subjetivo de Ana Pastor.
