Anoche, la carnicera en paro Vicky se convertía en la segunda Masterchef de España. Una victoria que no pilló a nadie por sorpresa y que logró reunir a más del 25% de la audiencia, ocho puntos por debajo de la final que encumbró a Juan Manuel en la primera edición. Aunque no puede afirmarse que esta segunda temporada haya sido un fracaso en términos de cuota de pantalla (20,3% de share frente al 18,3% de la primera tanda), la sensación es que el concurso ha perdido su gran oportunidad de afianzarse como un fenómeno de masas.
La propia final de anoche, reducida a 90 minutos de duración, a una sola prueba de eliminación sin mayor aliciente que la presencia de los hermanos Roca, es el ejemplo más representativo de una edición que ha andado a ciegas, minando las virtudes que sedujeron a la audiencia el año pasado y potenciando la vertiente más ‘reality’ del concurso. Una decisión que ha aparcado los fogones a un segundo plano y que tampoco se ha demostrado demasiado eficaz (el debate de anoche, sin ir más lejos, fue tan imprevisto como innecesario).
Concursantes más cerca de GH que de una cocina profesional
Un camarero dicharachero, una vegana, un empleado de funeraria, un profesor de yoga desquiciado. Más que de la prestigiosa escuela de cocina Hofmann, la selección de los aspirantes a Masterchef de este año parecía realizada por los responsables de Zeppelin. El premeditado casting (no son pocas las acusaciones de plagio que pululan por la red) se dejó notar desde el primer minuto del concurso, que hasta prácticamente la décima jornada no logró obtener un plato en condiciones. Mientras las dotes en la cocina de los aspirantes brillaban por su ausencia, ganaban minutos del programa las polémicas más desafortunadas, alejándose de esa búsqueda de la excelencia que pregonan los miembros del jurado en la cabecera del concurso.
Un jurado forzando su papel
La sombra de Gordon Ramsay, el implacable cocinero del formato original, es demasiado alargada. En su búsqueda de más severidad y más tensión en el plató, los miembros del jurado de ‘MasterChef’ han extremado sus roles en el concurso, algunos incluso en exceso. Mientras Samantha ha ido forjándose poco a poco un mayor protagonismo, Jordi Cruz no ha terminado de asimilar su forzado papel de poli malo. Un postureo innecesario que ha convertido al cocinero catalán en una caricatura de Alberto Chicote y que ha resaltado todavía más el indispensable cometido de Pepe, el auténtico showman de ‘Masterchef’.
Decisiones polémicas
Intercambio de delantales, selección aleatoria de nominados a la prueba de eliminación, pruebas sospechosamente ideadas para favorecer a determinados concursantes. Los jueces han obviado la mecánica del programa en más de una ocasión, restándole credibilidad a un formato que en principio busca al mejor chef no profesional del país. Pero la decisión que ha marcado esta temporada fue sin duda la expulsión de Emil, de lejos el aspirante más preparado de la competición. Mientras en la edición de Estados Unidos sería claramente el ganador del concurso, aquí se ha preferido mantener esa predilección tan arraigada en este país de demonizar a los que albergan seguridad y potencial.
Pruebas de exteriores ‘made in Spain’
En su afán por potenciar la marca España, la TVE del PP, que no la de todos, ha decidido intervenir en toda la parrilla de la televisión pública, incluso en un formato tan inofensivo como ‘Masterchef’. Así, hemos visto cómo la representación más castiza y retrógrada de nuestro país ha invadido por tierra, mar y aire el concurso culinario. El ejército, los toros, Iberia, una ‘jet set’ rancia y desfasada hasta para las páginas del ‘Hola’. Sólo han faltado dos instituciones de la España más decente por añadir: la iglesia y la Casa Real. Una gran oportunidad perdida, porque no hay mejor manera de limpiar la imagen de la realeza española que viendo a Letizia probar los platos de Milagrosa y compañía.
Poca cocina en ‘MasterChef’
¿Para qué enseñar las clases magistrales de grandes chefs? ¿Para qué detenerse en las recetas? A pesar de ser un programa culinario y reivindicar la cocina como un arte, esta edición se ha esmerado mucho más en extraer la personalidad de sus concursantes que sus dotes culinarias, claramente inferiores a las de José Manuel, Eva, Fabián, Clara y demás aspirantes de la primera edición. No sabemos qué ha llevado a los responsables del programa a virar hacia el morbo, pero lo que está claro es que el guante está ahora en manos de ‘Top chef’, el formato de Antena 3 que ahora tiene la gran oportunidad de tomar la delantera como talent show culinario de cabecera.
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